VI Noches de Fiebre
- PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
- 24 jul 2023
- 4 Min. de lectura
VI - NOCHES DE FIEBRE
El príncipe pasó los primeros días cuestionado por los sabios. De peor manera la pasaron sus guardias que fueron castigados por no proteger a heredero de las tierras de los Cárpatos. Los guardias fueron enviados al frente para luchar contra los sarracenos que cada vez se acercaban más a su objetivo.
Pasadas las tres primeras noches en el palacio, y después de recibir las primeras curaciones, los días del príncipe transcurrieron con paz y pensamiento. Rezos diarios que servirían para sanar los pecados cometidos, según la Fe. Muy distintas fueron las noches.
Cuando la quietud se hacía dueña del universo, cuando la calma envolvía a la inmensa mayoría de las almas, los ojos del Príncipe se negaban a descansar. La mente del joven parecía atormentarse cada vez más. Cuando al fin lograba conciliar el sueño, cerca de las profundas tierras de la noche despertaba sin poder explicar al resto lo que le ocurría. Acostumbrado a perder el sueño en esas horas, decidió acercarse a la ventana, espacio por el que ingresaba una brisa suave que refrescaba su cuerpo que ardía a causa de una extraña fiebre que sufren algunas personas que visitan los bosques. En particular ataca a los jóvenes que se internan en lugares en busca de acción terminando en ocasiones en tragedias que destruyen las vidas de los traviesos e intrépidos pobladores de la comarca y también la vida de sus familias.
El Príncipe pasó las noches que siguieron con los mismos síntomas. La persistencia de los mismos durante las noches, comenzaron a afectar los días. Se lo podía observar cansado, un poco más lento a pesar de su vigor inicial. La preocupación encontró una respuesta en la voz de una mujer de largos cabellos que transcurría sus días en la cocina del castillo.
Se acercó a la cocinera tras el consejo de uno de los siervos de los establos que cuando joven sufrió del mismo mal. A pesar de la recomendación de los sacerdotes de decir verdad ante los problemas del cuerpo y el alma, el Príncipe tuvo preferencias por el secretismo propio del miedo a la vergüenza del pecado y el consiguiente castigo.
La mujer le pidió que la siguiera con celeridad hacia la parte posterior de los establos. Tomaron dos caballos y se dirigieron con gran velocidad hacia el lugar que ustedes imaginan, a ese sitio prohibido, tan atractivo como prohibido para los mortales que viven sin pecado.
La luna jugaba con su intensa luz, a medida que se alejaban del castillo, la luna iluminaba con más brillo el camino de los jóvenes. A medida que se acercaban al bosque, el corazón del Príncipe aumentó su frecuencia como pidiendo salir de su pecho. A pesar de no caminar ni correr, se agitaba.
Luego de un tiempo llegaron a una construcción tradicional del bosque, donde la naturaleza ofrece los elementos para la vida en pleno equilibrio. Distinto a la vida en el castillo, donde Dios y el Rey desequilibran la balanza en favor del hombre y sus intereses.
Descendieron de los corceles y caminaron unos metros hacia la cabaña que parecía una extensión de los árboles que tenían mucha más edad, que toda la comarca completa. La mujer señaló la puerta y se retiró hacia otro lugar en espera.
Sin miedo, Vlad abrió la puerta y encontró un sitio diferente a todo lo que conocía. Desde un espacio oscuro se iluminaron los ojos de la bestia quien vestía sus pieles listas para cautivar a la víctima. El Príncipe pensó terminar con eso e intentó salir, pero la magia de la mujer que tenía los mismos años que los bosques apoyó su cuerpo en la espalda del hombre sangre azul y abrazó su cuerpo a pesar de ser más pequeña. Esa pequeña criatura tenía la luz de los ojos que controlaba a luna. En el preciso momento en el que aquellos luceros se iluminaban, la luz de la luna se apagaba. Un extraño efecto que ponía un manto de luces tenues que invitaban al Príncipe a transformarse en un simple hombre y a la vez terrenal, despojándose de las cadenas divinas y abriéndose del mismo modo que los labios de la gitana Ruxandra. Una dosis que lo invitaba a volar sobre los cielos estrellados y naturales, despojándose de las obligaciones que su sangre real le obligaban a realizar. Luego de compartir la miel del pecado que se transformaba en una sustancia necesaria, pudo al fin dormir durante la noche.
Despertó frente a la mirada de Ruxandra. La fiebre pareció irse. El Sol pedía permiso a la Luna para dar paso al día. El Joven Vlad contra la voluntad de su espíritu natural montó el corcel y se alejó esta vez con dolor, su alma había quedado detrás. En medio del camino encontró a dos guardias. No tardaron en reconocerlo, intentaron detenerlo, pero no ocurrió tal situación. Vlad, era un ser distinto. Les ordenó a los hombres a jurar lealtad al hombre, no al título para que el título los proteja.
Los tres hombres llegaron entonces al Castillo y los Sacerdotes dieron las noticias más tristes que podían llegar en ese momento de aparente revelación para Vlad. El Rey, su padre, había muerto.
Ahora el título se enfrentaba al hombre, la razón a la pasión. La maldita Fe al Amor natural, el cruce de los caminos que destruye la vida y las felices vidas.



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