top of page

Nueva historia..

  • Foto del escritor: PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
    PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
  • 23 ago 2022
  • 9 Min. de lectura

“Con los zapatos puestos”



I


La fría noche obligaba a cerrarme el sacón de lana italiana que tenía de hacía un par de años, con eso resistí el soplido del viento que venía del bajo. Cruzaba desde la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina buscando Rivadavia. Sábado por la tarde como tantos otros, sin embargo, este era especial a priori y se transformaría en increíble después. Era el primer sábado sin mi esposa, una larga enfermedad terminó por arruinar su vida. El cáncer tomó primero sus mamas y luego de una intensa lucha terminó quebrando su espíritu, sus ganas de vivir, su salud. Creo que a pesar de mi compañía, dejó de estar conmigo cuando perdió las ganas de vivir agotada por el trajín del desastre que significa, saber que el final está cerca. Ese sábado fue una prueba. Lo cierto es que había que aprender a vivir nuevamente. Un consejo de mi hijo mayor Esteban. -“Papá, tenés 50 años, hay que vivir.” Jorgelina, la menor agregó –“Salís pero no traes nada a casa. No lo soportaría. Pero salí.

Los jóvenes tienen un mirada particular, sumado a eso son mis hijos y a mi edad tenía que comenzar a tomar nuevas costumbres, entre ellas dejar que mis hijos vivan tranquilos. No llevarle problemas.

Cruzar la plaza significaba encontrarme con jóvenes cercando las confiterías los pibes con los celulares escuchando esa música prefabricada, música de moda, y muy pobre claro, todo hecho de manera sintética. Música reiterativa, repetitiva, enfermiza, algo que no toleraba, y no tolero porque simplemente se aleja del arte puro construido con las manos y la imaginación, con el sudor de los artistas, con el sentimiento, las metáforas y la poesía que presentan las verdaderas historias de hombres y mujeres. Mis amigos dicen que soy un romanticón, dicen que siempre fui chapado a la antigua.

La noche estaba nublada, todo lo contrario a la noche que explicaba Neruda en los más bellos poemas. En Buenos Aires la noche de invierno es así, fría y nublada, incierta. Desde hace algunos años los cines miran a las personas, mientras las personas le dan la espalda a lo esencial, la sociabilidad. A cada paso observo a las personas con el torso inclinado hacia adelante, parece una epidemia de alteración del equilibrio corporal, pero es el bendito teléfono móvil que los obliga a recostarse hacia adelante como algunos monos, es probable que en algunos años los recién nacidos vengan al mundo con una cola que funcione como antena Wifi, quizá no sea tan grave aunque a priori puedo afirmar que los jóvenes están perdiendo las manos y la multiplicidad de ventajas que eso generó en la humanidad, un retroceso a la etapa pre-diluviana. En definitiva, encontraba en la vereda del Cine Gaumont con algunos jóvenes de 30 otros de 60. Dentro de las tres salas tres opciones diferentes, exhibían en la Sala tres, “Tengo Pita”, la historia de una joven que decidió transformarse en hombre y así jugar al futbol en River Plate. En la Sala dos, “Sequía”, un documental que narraba la peor seca del país que dejó sin agua al mismísimo río Paraná y por último en la Sala 3, “Una Tregua antes del Viaje”, la historia de una mujer de 35 años que decide regresar a la Argentina después de unos años probando suerte en con la música clásica en Viena, Austria.

Escogí la última opción. Compré mi ticket y una caja de maní cubierto con chocolate. Soy un fanático del cine y tengo experiencia, me ubiqué en las hileras centrales para captar la mayor cantidad de emociones. De las 120 butacas fueron ocupadas sólo 15. ¡Qué misiadura!

Comenzó el film. A mi lado tomó asiento una joven de cabello largo. Recuerden bien la cantidad de espacio vacío en la sala. La película realmente no era para todos los paladares, tenía silencios, tango, imágenes en blanco y negro, espacios abiertos con escenas más extensas que de costumbre. Sumado a eso la falta de promoción por los medios masivos, radios y televisión, lo digo para que entiendan que el cine nacional no tiene espacio o no le gusta a todos. De esas películas no te enteras si no te diriges al cine Gaumont. Ese film no tenía eco en otros sitios, lo que a uno lo lleva a pensar que lo exhibido por plataformas argentinas, terminan siendo joyas de colección del cine experimental.

Promediando la proyección del film, la señorita posó una de sus piernas sobre su otro muslo y observó a toda la sala. Movió la cabeza hacia ambos lados.

Cuando la luz le iluminó el rostro, tomé noción de que estuve toda la proyección junto a la protagonista del film. Primero apoyé la mano derecha sobre la boca, emitiendo un gesto de sorpresa mientras la observaba. Ella se acomodó el cabello con la mano izquierda y me regaló una sonrisa, le dije

– No todas las personas saben reconocer una obra del séptimo arte.

Nuevamente movió la cabeza. Salimos y recién en la puerta del Cine mientras algunas personas se acercaron a saludar a la actriz del film, me observó con sus ojos negros y me pregunto - ¿Qué le pareció la película? Realicé un gesto y agregué al mismo – No es fácil. Es, bueno. Si acepta cenar conmigo, le cuento.

Ella dio un paso hacia atrás sonrió, sorprendentemente aceptó diciendo – Es la primera vez que un caballero me invita a cenar antes de llevarme a la cama.

La verdad es que ni siquiera había pasado por mi cabeza la idea de llevar a nadie a la cama de ningún sitio, y menos en estos tiempos de negación al placer. Miedo al disfrute sexual.

¿Es un sí? –Pregunté.

Claro. –Respondió.

Caminamos por Avenida de Mayo hasta los 36 billares, lugar en el que nos sentamos. Ella era una joven de 32 años, su nombre artístico era Katy Schumann. Vestía un pantalón no muy ajustado, engomado, maquillada y con el pelo recogido. Tenía el cabello muy largo. Pasaba de la cintura. Realmente parecía una piba de otros tiempos en los que podíamos conversar en confianza sin dejar de ser nosotros, los pibes de esta época parecen sacados de las salitas de jardín de infantes, sala rosa, naranja. Nosotros somos nosotros, sin etiquetas, no nacimos marcados por una categoría. Tampoco nos rebelamos por cualquier cosa e inventamos un nicho ecológico sumido en lo irreal y fantasmagórico.

A pesar de su apellido era una morocha argentina con estilo, gracia. Pedimos un bife de chorizo con un malbec. Entre bocado y bocado fui comentando lo que me atrajo de la película. No perdió momento de mi relato. Seguía mis comentarios largos, típicos de una persona de cincuenta años bastante leída gracias a mi voracidad por los clásicos y las novelas policiales. Ante mi pregunta sobre ella y su vida, respondió con gran soltura. Puede que el vino ayudara un poco, pero no parecía ser tímida. ¿Qué podría pasar entre una actriz desconocida y un simple hombre de cincuenta más desconocido que quienes se encontraban en una confitería clásica llena de personas de diferentes lugares? Eso nos dejaba solos, ella y yo en la soledad del anonimato que nos protege de las almas cubiertas por las caretas del carnaval decadente de la vida en sociedad.

Coincidía en esto de haber vivido en el exilio, sus padres no regresaron al país, sin embargo, la actriz quiso retornar porque amaba el tango, el mate y a pesar de ganar menos dinero, prefirió lo cultural, lo que la identifica como argentina frente lo extranjero, lo que no es propio. Los minutos pasaban y pedimos un postre, panqueques con helado y dulce de leche al rhum. Pedí flan con crema, es mi favorito, luego un café.

Sonaba un poco de jazz, blues y tango. En medio de la conversación, Katy tarareó una canción de tango de una perdida de la vida fácil ejemplarmente cantada por el recordado Jorge Falcón y la orquesta de Varela. La morocha sonreía mientras cantaba la canción llamando la atención de las personas que integraban la mesa contigua. La sonrisa me salió como un brote de una flor de la primavera que se abría paso hacia el sol que ofrecía alimento para los sentimientos.

Miramos el reloj, Katy ofreció compartir el auto. A pesar de lo tanguera le había pegado un poco el Malbec. Recordando mis dotes de caballero acepté sin saber que dentro del auto de alquiler observaría mi conversación con el conductor. En medio de la interesante conversación Katy me interrumpió y dijo -¡No me lleves a casa! Llévame a la tuya.

Creo que el helado más frío se sentiría caliente comparado con mi reacción. Ella me clavó la mirada como una pantera, segura de la presa que tenía a un lado, cerca, a mano, lista para atacar.


II


Como un boxeador frente a un uppercut quedé conmovido y a pesar de encontrarme sentado, rápidamente entendí que había caído y no sabía si quedarme en la lona o levantarme. La cuenta fueron los 7 segundos más largos de mi vida a partir del fallecimiento de mi esposa. Pero: ¿Cómo no ponerme de pie frente a un desafío? Casi pierdo la pelea pero regresé al ring y acepté la derrota del round y me propuse seguir hasta lo que pueda, porque la pugilista era brava y estaba envalentonada con la combinación de golpes.

Dije que sí. Ella sonrió de manera afable mientras metía la mano en su pequeño sobre para tomar el móvil y escribir un mensaje. Le indiqué el cambio de destino al conductor quien me hizo un guiño. Ella tomó mi mano y la acarició como se acaricia una flor. Les digo que no sabía cómo seguir, Estaba perdido. La cabeza me explotaba porque tenía muchas cosas en las que pensar, principalmente lo que me dijo mi hija. Tantos años fuera de las relaciones con las mujeres me generaba incertidumbre, no negaré que el miedo me paralizó, debía salir de esa situación. ¿Cómo tratar a una mujer más joven? En quince minutos llegamos a mi casa. Pagué y bajamos del automóvil. No me soltaba. Cerré los ojos en la puerta y en definitiva la bese.

Luego de unos segundos, mientras nuestros labios se entrecruzaban Katy me dijo – Sé que lo podes hacer mejor. No tengas miedo. Eres lo que busco para mí.

No hice otra cosa más que besarla abriendo nuestras fauces como dos leones hambrientos, no había más que pasión. Si nuestras lenguas se entrelazaban, nuestros dientes se chocaban. Como pude abrí la puerta y entramos. Cerramos con llave. Ella se colocó con la espalda en la pared y me miró de manera provocadora, volví sobre ella, tomó mi mano y la colocó sobre su parte más distante de febo, luego con su pierna izquierda atenazó mi pierna derecha. Tomé su muslo con mi mano mientras seguíamos besándonos enloquecidamente y sin freno alguno. Entramos en la pieza. Comenzamos a quitarnos la ropa, y en eso me detuve y luego de mirar parte de su cuerpo desnudo le dije – Detente un segundo. Hagamos lo que tú quieras pero no te quites los zapatos. Ella sonrió movió la cabeza de lado a lado y luego seguimos incendiando la cama.

A pesar de mis 50 años pude vencer ese miedo que me paralizaba y con mi experiencia logramos conocer la danza de los cuerpos entre las sábanas compartiendo todo tipo de roce, probando nuestros perfumes y los sabores que deleitaban a nuestros sentidos. Ese es el camino en el que nos perdimos juntos. Nos perdimos de la mano en ese bosque celestial, tratando de perdernos más y más, y cuanto más nos perdíamos más olvidábamos los que éramos, simplemente no sabíamos la diferencia entre el estar vivo o el sueño, hasta que ya no pudimos más que saltar al agua de aquella cascada de luz. No nos dimos cuenta del tiempo.

No nos percatamos de nada.

Era un campo electromagnético del cual no podíamos escapar. Ella tenía los zapatos colocados en el preciso instante en el que mi hija ingresó a la casa. Le dije – Katy. Silencio.

¿Qué pasa? –Preguntó.

Me parece que entró mi hija. –Con mucho nerviosismo le dije.

Ella sonrió sin hacer ruido y la cosa no terminó ahí. Él, señaló la puerta del gran placard. Ella asintió con la cabeza y en puntillas de pies ingresó al mismo.

Escuché nuevamente la puerta de la calle. Era mi hija pero esta vez salía de la casa. Seguí los movimientos mi descendiente quien llevaba una botella de whisky añejado sin abrir por la vereda hasta que subió a un vehículo con otra joven seguramente la dueña del vehículo. Luego, el juego continuó en el mismísimo placard de la habitación y así comenzamos a realizarlo en los lugares más impensados, a nadie se le puede ocurrir tener sexo en el placard, pero les aseguro que terminamos hechos percha. Como pudimos nos fuimos a la cama.

A eso de las 7 de la mañana amanecimos con un poco de hambre. Ella seguía en mi casa. Sus ojos se dirigían al portarretrato que tenía la imagen de Beba y yo abrazados al borde del Río Lujan en una de esas salidas de fin de semana.

Giró su cuerpo en la cama enredando aún más las sábanas blancas de hilo y me observó mientras encendía un cigarrillo con la mirada hacia la pared. Apoyó su cabeza en una de sus manos y preguntó. Yo simplemente realicé un resumen sobre la tragedia que nos separó, con el dedo índice me acarició la frente siguiendo cada una de mis palabras mientras el humo del tabaco quemado inundaba la habitación.

A pesar de eso ella se quedó conmigo y desayunamos hasta las 9 de la mañana. Se vistió. Disfruté cada prenda en su cuerpo de la misma manera en la que disfruté su desnudez. Encendí el auto, y la llevé a su departamento en Villa Devoto. Antes de bajar del auto me dio un beso y me dijo – Ya sabes el camino. No nos neguemos ser felices. Ambos lo merecemos. Bajó del Chevy, caminó hacia el hall de entrada al edificio. Yo esperé que estuviera dentro.

Un encuentro. ¿Una casualidad? A veces pienso que la lealtad no es una cárcel como muchos piensan. El destino nos presenta situaciones inciertas, situaciones límites en las que simplemente decidimos lo que podemos hacer, es decir que el marco es extremadamente estrecho.

En definitiva el camino de la vida, a pesar de las curvas y badenes, también ofrece una autopista hacia el amor.













 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Ensoñaciones Misteriosas

II La luz se presentó omnipresente. Era enceguecedora e imposibilitaba la posibilidad de abrir los ojos. En medio del trance, Nayla...

 
 
 

Comentarios


Publicar: Blog2_Post

1150990290

©2022 por AgenteHC. Creada con Wix.com

bottom of page