La Meretriz y el Perro. Parte final??? II
- PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
- 6 ene 2022
- 10 Min. de lectura
La señorita respondió con una sonrisa. – Buenas noches Cabo. No. No pasaba nada ésta noche, o al menos hasta que usted llegó. ¡Quiero que sepa que tengo al “Usted”!
Pragazzini tomó aire y respiró con mayor tranquilidad devolviendo la sonrisa y haciendo una reverencia con la gorra lo que causó gracia en la señorita que habíase asomado por el balcón con un tapado un poco antiguo de piel. En ese barrio vive gente de buen poder adquisitivo y casi siempre los departamentos viejos pasan de mano en mano dentro de las familias. Un tío se lo deja a una sobrina o un abuelo a un nieto, etc. – No se moleste señorita hace frío y no quiero que se resfríe. –Dijo a la dama Aldo.
La señorita sonrió y sin mediar palabras ingresó al departamento, dejando el balcón de ese quinto piso, mientras Aldo volvía a la normalidad y a prestar atención a la calle. Hacía frío esa madrugada. Entonces ocurre lo que muchas noches, un auto cruza el semáforo en rojo a poca velocidad con peligro para terceros. Pragazzini sopla el silbato y el conductor frena casi en el cordón respetando la orden del Suboficial. Aldo se acercó con la seguridad de siempre y saludó al joven de 20 años que conducía un Fiat Uno rojo, le realizó el saludo de siempre y con sumo respeto le solicitó la documentación del vehículo. El joven, un poco asustado no dejaba de justificarse, decía por ejemplo que “no había gente que pudiera lastimar”, “que es peligroso frenar en un semáforo por la noche”, “que debía entenderlo y que su tío era Comisario Inspector de Provincia”, bla bla bla. Aldo verificó que la documentación se encontrara en regla, y le efectuó la infracción. Por último Aldo le dijo al jovencito, que le había ofrecido $100 para que anulara la boleta. – Mire caballero, un error lo comete cualquier persona, pero voy a dejar pasar lo del intento de soborno. No lo hago por usted, lo hago por su tío.
El joven conductor aceleró arando el asfalto con su vehículo y partió vaya uno a saber para qué lugar de la capital federal. Cabe aclarar que en una noche de viernes ninguna persona lleva detenido a un conductor por intento de soborno y menos cuando hay boliches. Aldo aprendió desde “vigi” que había formas y códigos que respetar, además estaban faltos de personal, además llevar en cana a un gil pelotudo es una huevada de vigilante mal llevado y obtuso, un bruto. Esto les puede parecer extraño, pero es así. La cana no está para boludeces, imaginen la superpoblación de pelotudos que habría en los calabozos de las comisarías, pelotudos en la Argentina sobran, además la calle y la idiosincrasia reinan por sobre la ley. Últimamente están rompiendo las que te “jedi” (dije) con la estadística pero en aquellos años era más sencillo y directo, en cana iba el chorro, el violín después de una afeitadita, etc. Hoy parece que hay temporadas de caza, los inmigrantes, los boliches, la pelotita, los pungas, los vendedores ambulantes, pero de chorros y dealers ni hablar.
Una boletita, esa era una novedad para la noche y te servía para justificar la noche. Segundos más tarde se asomó por la puerta que da al hall del viejo edificio la testigo de toda la conversación de Aldo con el joven del Uno. Al notar la presencia de la señorita se acercó con premura. Allí se encontraba un femenino de unos cuarenta, cabello negro, tez blanca ojos azules grandes como pocas veces pueden verse, de aproximadamente 1.65 centímetros de estatura, en una muy buena forma atlética. Vestía en ese momento, un tapado de algún animal claro, al parecer original, se dejaban ver unas botas con taco aguja muy caras en lo que a ceros refiere, no eran botas con plataforma, eran de cuero y por lo que se podía observar eran de valor y calidad. El perfume tapaba el aroma de lo que la señorita ofrecía en esa fría noche al policía.
- Escuché la conversación y me doy cuenta que usted joven es una persona educada y con sentido común, es de buena madera. –Dijo la señorita.
- Gracias señorita.
- Dígame Leonela, ese es mi nombre y claro, dejé de ser señorita hace muchos años por mérito propio.
- Muy bien señora Leonela. (Mientras la señora se ríe con espontaneidad.)
- Mira, no te quiero complicar pero te traje algo caliente para que puedas comer, espero que te guste. La preparé yo misma.
- Hay señorita.
- ¡Leonela!
- Bueno, Leonela. No se moleste por mí. No la voy a despreciar. Además es una milanesa casera y tiene una pinta bárbara.
- Disfruta, yo miro y cuido por vos, también soy medio vigilante. Imagino que no vas a subir. Eres muy cuidadoso.
- Leonela. Gracias pero.
Aldo comió la milanesa a gran velocidad, y bebió el vaso de jugo de naranja exprimido como si no comiera hace días. Los policías no tienen tiempo y comen así de manera voraz como si fuera la última vez. Leonela observaba a Pragazzini y movía la cabeza de un lado a otro.
- Creo que me llevó más tiempo prepararla, que ver como la comías. ¿Te gustó?
- Sí. Estoy muy agradecido señorita, ay.
- ¡Está bien! ¿Quieres un cigarrillo? ¿Un café?
- No no. Gracias.
- Bueno yo voy a fumar en casa. No quiero que pienses que te acoso. Cualquier inconveniente, si quieres pasar al baño, si necesitas algo es el 5º B de Beatriz.
- Veo que conoce el código.
- Sí. Papá fue policía de la federal. Llego a Comisario Inspector.
- Un camarada.
- Sí.
- ¿Lo visita seguido?
- Falleció en servicio.
- Disculpe. Fui impertinente.
- No querido. Casi nadie pregunta. No te hagas drama.
- No tiene frío Leonela. (el Checo se dio cuenta que la mujer temblaba un poco)
- Sí. Un poco. Mejor subo, pero ya sabes. No quiero que el domingo me dejes renga. Voy a amasar fideos.
- ¿Es cocinera?
- No. Tengo otro trabajo.
Entonces se despidieron, Aldo estiró la mano.
- Apa. No no. Ya somos amigos. Déjame que yo te salude. Vos quédate quietito.
- Eh.
- Listo. ¿Ves? ¡No muerdo! (sonríe)
Algo quedó helado en medio de la noche gélida. Luego de unos minutos se miró al vidrio de la puerta para verificar su rostro. Si venía un taquero a la parada y notaba algo se podía pudrir la cosa. Cinco de la mañana y aparece un móvil para la firma. Es Sábado y hay que estar atentos a los borrachos, los primeros colectivos, algún flaco corriendo y esas cosas. El Sargento 1º del móvil 2000 se ríe y le dice: - Lindo perfume Checo. Entre camaradas nos cuidamos.
III
Llega el relevo de manera puntual después de una noche diferente. Así nomás llegó a la taquería en donde se colocó la ropa de civil como hacían los policías viejos. Costumbre que quedó desde los años setenta cuando usar uniforme era algo como, “estoy aquí, pueden disparar”. En el presente muchos policías se dejan puesto el uniforme porque con el adicional viven de servicio en servicio, por ejemplo, salís de la taquería y te vas en el aire hasta el adicional en el Ferrocarril, o en el hospital, o te vas a la cancha para hacer un mango más. Está claro que cuando hacen adicional es porque se pagan el auto, o se compraron la casita, o le meten plata a la casa que construyen hace años. Lo cierto es que en los ´60 y ´70, con el sueldo de un policía te pagabas la casa y vivías bien. Para los gustos había como arreglársela. Los restaurants cada tanto se la jugaba y te daban una tarjetita, al igual que el telo, nombre con los que se conocen a los albergues transitorios. Los Zapatos y los Guardapolvos los regalaba la señora del cemento. La policía era otra cosa, se valoraba, al policía se lo ayudaba un montón. Por lo que se puede observar, los policías están empezando a comprar la ropa. Eso es vergonzoso. El país era otro. El uniforme se respetaba. ¿Había joda? Claro, pero con disciplina y de Cayetano. Aclaro, Cayetano no es un nombre, es hacerlo en silencio, sin avispar, es decir, sin ruido.
Volver a casa y dormir mientras la jabru corrige trabajos de la escuela durante varias horas. El sábado a la tarde iría de visita a la casa de Aldo la cuñada para cuidar a la nena de dos años que tenía con Micaela, mientras el matrimonio se dirigía al supermercado para comprar pañales y leche que en los almacenes sale más caro. El sábado pasó sin pena ni gloria. La noche estuvo tranquila. No anduvo ni el loro, el silencio y el vacío fueron los reyes de la noche. Eso quiere decir que ningún oficial jefe salió a romperlas. El domingo fue un poco más largo porque había servicio de cancha. De entrada trajeron 35 detenidos de la cancha de Defensores de Belgrano. La mayor parte del contingente se encontraba en estado de ebriedad, uno más choborra (Borracho) que el otro y con un olor a tumba que era contagioso. El Sargento 1º del móvil 2000 entre risas decía – Este no es el mismo perfume. ¡No checo! Le hice una sonrisa cómplice a mi colega y seguí fichando al vago porque eso es un “vago y mal entretenido”. El móvil esperaba los 175 juegos de fichas que confeccionamos dos cabos y 3 vigilantes novatos. Los dos cabos nos mirábamos porque los vigilantes nos hacían recordar a los primeros años en la institución. Después de fichar, cada suboficial partió a su parada.
Eran como las 9 de la noche. Todavía quedaba gente dando vueltas en las calles de Palermo. Poca, pero gente es atención. Era invierno. Entre todas esas cosas Aldo olvidó que supuestamente lo habían comprometido con una comida. Eran las 10 de la noche cuando se asomó por el hall del edificio Leonela quien con un gesto amistoso y fingiendo sorpresa inició la conversación.
Pensé que no venías hoy. ¿Te quedaste dormido?
No. Hola. ¿Cómo estás? – Preguntó Aldo un poco preocupado.
Mira, no te hagas problemas porque tengo experiencia preparando la comida. Soy experta, y para ser experto hay que armarse de mucha paciencia. Pero no los vas a comer aquí. Hoy es domingo. Sabía que entrabas a las 19, y sé que podés tomarte un ratito. –Le dijo Leonela a Aldo.
Es que tuvimos presos y no… - Afirmó Aldo intentando disculparse. Era difícil decirle que no a un vecino que te invitaba a comer, más aún una mujer.
No. Te dije que en mi semi-piso hasta podés acostarte a dormir. Dale. Te das una ducha y listo. Yo te enjabono la espalda. (Leonela se sonrió al ver el gesto de Aldo) Es chiste. –Dijo Leonela sabiendo que esta la ganaba como buena Dama.
¡Bueno! Está bien. Pero miras si viene el móvil. –Le pidió Aldo.
¡Lo que diga mi Comisario! –Vuelve a sonreír la dama con el premio en sus manos.
Suben por el ascensor. Aldo llevaba la gorra en la mano. Llegan al quinto piso en el que hay dos departamentos, y uno de ellos se encuentra vacío dado que sus dueños pasaban el invierno argentino en el verano europeo, más exactamente en Florencia, allí vivía un Profesor de Historia muy simpático que sabía mucho, además de eso era un gomia, amigo, disculpen mi léxico pero soy policía y la calle construyó mi vocabulario.
Ambos entraron al semi, un hermoso departamento con muebles que ya no existen y ganaron valor no solo por su antigüedad, sino por el cuidado que sobre ellos tenían. Los elementos que son cuidados, lo que permanece frente al tiempo y se mantiene indemne sosteniendo su significado frente al atropello de lo inevitable reflejan exactamente lo que son. Símbolos que transmiten un mensaje que no es fácil de borrar o tachar. Ocurre lo mismo con las personas y las relaciones interpersonales, cuando son cuidadas, cuando están ubicadas en un sitio al que pertenecen con todos los rituales que merecen pueden trascender en el tiempo más allá de las páginas de una historia, un símbolo impulsa entonces a la memoria a que no se olvide algo tan pequeño que traspasa a la existencia misma. Si no es amor. ¿Qué es entonces?
Allí tienes el baño. Te voy a traer toallas. Son para vos. Mientras tanto, yo miro por la ventana para ver si viene tu jefe. –Dijo Leonela sonriendo, mientras Aldo abría la ducha para darse el baño ofrecido por la dama.
¿Cómo puede un policía aceptar tal ofrecimiento? ¿Por qué no? Son largas horas. Solamente un policía puede entenderlo, quizá un médico, pero al resto esto le va como enseñanza. Segundos más tarde, la mampara del baño se abrió y Aldo mantuvo la mirada quieta frente a la pared azulejada sin decir palabra alguna.
Ella le dijo que no hablara. Apoyó sus labios en su espalda.
No digas nada. –Repitió en dos ocasiones la dama de Palermo.
Su piel rozó la espalda de Aldo que inconscientemente aceptó la invitación porque la dama lo atraía sólo por su auténtica clase, que día tras día se va agotando, esa clase de mujer que se insinúa por momentos y que cuando el tiempo parece abandonar aparecen en medio del gris aportado por un mundo cada vez más opaco; entonces ella brilla, y se hace tan irresistible para unos pocos que saben apreciar, porque esas mujeres no se muestran en cualquier circunstancia, sino cuando es imperativo mostrar, se muestran sólo porque habrá alguien que sabe disfrutar.
Me tomo unos segundos para continuar con la narración…
Las manos de Leonela acariciaron el cuerpo de Aldo, atrapándolo y dejándose llevar por el impulso irrefrenable del deseo de una obra de arte que construye lo que una deidad no pudo crear, sino por separado. Una obra maestra que siempre es única y que no puede ser más que efímera y eterna, simple y compleja a la vez. Y fue que pintaron ese cuadro por el baño y la habitación porque estaba la dama lista para hacer una obra a la manera de Artemisa, sabiendo que sería un secreto, pero que tarde o temprano le serían reconocidos sus atributos creativos marcando una época. La espátula dejaba su marca cada vez que se apoyaba en ese lienzo preparado para la única forma real en la que el Ser es libre. Y porque la obra debe acabar para que sea obra, es hasta la última vez que ese pincel se apoya en el lienzo que el artista expresa su obra. No deja nada. Pone su sudor, sus miedos, su intuición que no falla porque su sensibilidad es perfecta y aunque desde la crítica sea vista con oscuridad, malicia y el típico shock del que no ha comprendido la profundidad de la obra de arte, es él y es ella, son ellos los que pueden sentir el placer de la conexión con lo sublime.
Ambos, relajados luego de construir la bella escena que para muchos es obscena, se apoyan en aquél lecho de un pecado más en el simple modo de ver la vida de aquellos que no perciben el valor de lo narrado.
No había sonidos, no palabras, solamente miradas, instantáneas de las líneas de la preciosa mujer, mientras el funcionario se incorporaba y colocaba el uniforme de agente del orden. Se miraron. Él se acercó para besarla una vez más. Ella se negó.
No. Hasta la próxima vez no. –Dijo Leonela colocando su dedo índice en los labios de Aldo. Ella sabía qué y cómo cazar. Atrapar no es necesariamente poseer…
IV
…seguir



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