III El Bosque y La Vida
- PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
- 13 jun 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 16 jun 2023
III
El Bosque y La Vida
La salida de Mircea dejó a los sacerdotes a cargo del principado de Valaquia. La verdad estaba escondida en el alma de la mujer, de aquella sierva de nuestro señor. Aquel niño que heredaría el castillo y una gran responsabilidad terrenal era en realidad el hijo del pueblo, un niño de origen pobre, por su sangre corría la sangre de los hombres y las mujeres de la tierra, era muy roja comparada con la sangre azul de la nobleza.
Mis superiores eclesiásticos no esperaron a que fuera descubierta aquella verdad, yo tampoco esperé e intuyendo gracias a la Razón que Dios me ha regalado, me acerqué a la mujer, abuela del recién nacido y le ofrecí mis pareceres. Le expliqué que su vida corría un alto riesgo y que mucho peor era la situación de la verdad de la que pocos podrían dar testimonio.
La sabia mujer tomó unas pocas ropas y gracias a mis instrucciones, esa misma noche me esperaría en las afueras del castillo. Preparé algunos víveres y las dos monedas de oro puro que mi madre me dio para alguna emergencia. Caminamos vestidos de pordioseros, no llevamos caballos, dado que eso llamaría la atención de los guardias y estos podrían hablar. El secreto de la ubicación de la mujer debía ser tan secreto y oscuro como la verdadera identidad del niño.
Esta es la debilidad de los ocultamientos, es como una malla de los pescadores, el tejido de un punto requiere de otro punto y así sucesivamente se construye una red de ocultamientos que alguna vez debe terminar, el padre de Jesús también mintió y negó para salvar la vida de su hijo, Pedro negó a su maestro tres veces. Dios tiene una misión para cada uno de nosotros.
Entonces llegamos a un lugar poblado de mujeres y niños. También había algunos ancianos. En ese lugar, totalmente aislado de la sociedad, la presencia de las personas requería de colaboración. El silencio y la libertad de estos aldeanos del bosque requería de una terrible organización y cooperación. Recolección de frutos, caza de animales. En los tiempos de poca producción las personas acostumbraban a comer insectos. Por tiempos vivían con mayor dignidad, por momento vivían de manera monstruosa, pero la supervivencia de sus vidas dependía del secreto. Intenté salir, pero uno de los viejos dijo que, si me retiraba del campamento, corrían peligro de ser descubiertos. El invierno estaba por comenzar y les sería de mucha ayuda.
En definitiva, decidí partir tomando todos los recaudos necesarios para evitar denunciar la presencia de ese asentamiento de los excluidos de Dios. Decidí llamarlos de ese modo porque solamente Dios los protege, están desamparados. Yo sabía que ese espacio era mal visto por los sacerdotes, estos supuestos hombres de Dios llamaban bestias a esas almas. Decían de ellos que pertenecían a los demonios y las herejías más peligrosas del universo, allí vivían los infectados por el mal.
No noté tal cosa. Regresé hacia el castillo y el Sacerdote mayor solicitó mi presencia. Me acerqué con mucho respeto y algo de miedo. En realidad, tomó un pedazo de papel y lo leyó. Era una citación en desde una Abadía de Bizancio, me requerían en las tierras imperiales para enseñar y aprender.
Dios teje sus entramados de manera extraña. Aquella misiva llegó en un momento perfecto, el secreto guardado, la mujer protegida y yo partiría nuevamente desde el castillo. En el instante en el que partí observé que por una de las ventanas se asomaba la bella princesa junto al bebé. Traté de recordar su rostro. No sabía si volvería a verlos. Los tiempos de Dios son extraños y los caminos son tortuosos y dignos a la vez.



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