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“El Banquete del Príncipe de la Tristeza”

  • Foto del escritor: PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
    PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
  • 23 ago 2023
  • 20 Min. de lectura

“El Banquete del Príncipe de la Tristeza”

1 El príncipe no Nacido.

“Pido a nuestro señor que proteja este relato porque es Verdad, y mi vida va en ello.”

Aquella noche de 1395 Año de Nuestro Señor, en medio del calor nocturno y rodeado de personas de nuestra Iglesia, yacía en su lecho nuestra señora, la Princesa Alana encinta al borde del parto junto a las mujeres parteras que traerían al hijo del Príncipe Mircea I de Valaquia.

El Castillo de altos techos de la Casa Draculesti se llenó de gritos desgarradores de la parturienta cada recoveco, “parirás con dolor” sentenció en las Sagradas Escrituras y así fue que en medio de la noche cuando la luna amarillenta se hacía potente en tamaño el esfuerzo de la mujer hizo surgir a un niño. Aquél varón parecía dormido; morado, pero sin sentido fue tomado por las sabias parteras quienes se miraron con preocupación y desesperanza. El Príncipe no estaba en Valaquia, seguía secundando al Emperador de Constantinopla en su resistencia frente a los Sarracenos que intentaban tomar su tierra expandiendo su caos y herejía.

Las parteras, y de esto he sido fiel testigo, mostraron al niño de muerto, ni siquiera respiró una vez, es un no nacido. La madre, agotada por el terrible esfuerzo recuperó el aliento y con la poca fuerza que le quedaba arrancó al no nacido de los brazos de la estupefacta partera quien retrocedió unos pasos. La Princesa Alana, comenzó a mal decirnos a todos, intentamos cercarla para poder quitarle al no nacido, pero nos resultó imposible, mientras mirábamos los ojos hundidos en lágrimas por la desgracia y castigo de Dios sobre la conciencia de los actos del pasado.

Ella, la mujer de cabellos largos oscuros, se sentó en uno de sus sillones frente a su gran espejo, acunó al No Nacido, le cantó una canción. En aquél espejo solo se veía un Alma, un espíritu. Minutos después, mientras la princesa abrazaba al no nacido, el sueño de Dios la alcanzó y se durmió. En mi calidad de Monje estoy enterado de muchas cosas del palacio, pero son los grandes patriarcas los que se encargan de las cuestiones delicadas de la jerarquía del principado. Nos pidieron que nos retiráramos cosa que hicimos sin ninguna resistencia. Me retiré a rezar a la capilla, mientras la partera corrió hacia uno de los establos.

Me sentí confundido por la acción de Dios, enojado quizás, pero sin ningún tipo de derecho. Dudar de Dios es un Sacrilegio, un Pecado que no puedo permitirme, pero créanme que pasó por mi mente mi enojo. Recé por un largo tiempo, la noche en el palacio fue larga y Dios me invitó al sueño, a descansar mi alma atormentada.

Las primeras luces de la mañana, con el sol como testigo de la vida invitó a pararme. El enojo parecía ceder a la comprensión de la Razón, y cómo Dios es la fuente de la Razón, no ocurrido no podía ser malo. Me disponía a rezar cuando una de las parteras corrió desesperada por los pasillos del Castillo a los gritos de “Milagro, ha ocurrido un Milagro”. Un impulso se apoderó de mis piernas que un poco trastabillando se incorporaron y me llevaron por las escaleras hacia la habitación de la Princesa Alana.

Cuando ingresé a la habitación encontré un escenario distinto al de la noche, por las ventanas ingresaba el sol y el perfume de las flores del verano, en el piso se plantaban las rodillas de hombres y mujeres. Las miradas de uno de los patriarcas me invitaron a realizar lo mismo, y en la ventana con la luz celestial de fondo, se veía a una madre con el gorgoreo de una criatura. Mi asombro fue el primer impulso para que pudiera comprender lo ocurrido en el Castillo, el milagro había ocurrido. Siendo un hombre de Dios, me debo a mi Fe, pensé. Más no evitó que buscara una explicación real.

Las paredes del Castillo de Valaquia son gruesas, pero no lo suficiente para que pueda escuchar los ecos de las acciones de los hombres.


II

Niño vivo, madre muerta.

Una madre de rodillas hacia el cielo reconociendo el poder divino de nuestro Dios y los milagros. Sacerdotes hablando por lo bajo. El principado se mantenía en pie para felicidad del Príncipe Mircea quien se encontraba camino a Valaquia. Su guardia lo acompañaba junto a sus corceles a gran velocidad para que pueda abrazar a su hijo, su heredero.


El castillo poseía una gran cantidad de siervos que trabajaba con normalidad y mucha alegría gracias a la buena gracia y la merced del Príncipe. A pesar de ser No libres, la vida de los siervos en el castillo era una vida que muchos campesinos del Reino de Francia solamente podrían soñar. Para empezar, el Príncipe aseguró su alimentación, y más importante aún protegió a las mujeres y sus hijos. Los hijos sólo formaron parte de las levas cuando pasaban su desarrollo y podían cargar las armas.

El segundo día del Príncipe mostró otro aspecto en los rostros de las mujeres mayores y algunos hombres.

A lo lejos observé uno de los actos más tristes. La madre de una de las siervas lloraba desconsoladamente la muerte de su hija que dio a luz a su hijo varón. Abracé a la mujer y le dije que debía preocuparse por su nieto, el niño merecía la protección de ella y qué, de seguro, tendría la protección del Príncipe Mircea. La mujer levantó su rostro y me dijo: “mi nieto ya tiene la protección del Príncipe.” Ella acompañó los restos de su hija y uno de los sacerdotes me tomó del brazo y fulminó mis ojos con su mirada. Si las miradas fueran sables, hubieran atravesado mi cuerpo y decapitado mi cabeza a la vez. Un monje debe aprender con los gestos y con su capacidad de deducción. Algo se escondía en el castillo, un secreto que se transformaría en una tácita verdad, esas mentiras palaciegas que son una paradoja en sí mismas.


Allí fue el cuerpo de la madre muerta, y en los altos la madre con el hijo vivo, basta con expresarlo de ese modo para que ustedes, mis lectores, comprendan lo que había ocurrido.

Al arribo del Príncipe los preparativos no fueron los mismos, ingresó a rauda velocidad como con desesperación saltó de su caballo árabe, húmedo, sudado y con algunas manchas en sus ropas que provenían de sus últimas batallas. Corrió a pesar de los dos días sin dormir y con lo que quedaba de aire subió las escaleras y como si las piernas se vencieran cayó rendido sobre el rocoso suelo de la habitación de la princesa.

La Princesa lo observó con los ojos llenos de agua marina y aunque deseaba abrazarlo, tomó a su hijo y se acercó a su esposo quien tirado en el piso y luego de recuperar el aire, de rodillas, abrazó a su mujer y a su hijo.

Ella no le pidió a su esposo que se incorporara, sino que se arrodilló para que juntos unieran en el abrazo a la familia. Sus ojos se cruzaron en forma de agradecimiento.

Al quinto día, luego de lo pactado, el Príncipe invitó al castillo y a los campesinos para que pudieran conocer al nuevo integrante de la familia.

A veces Dios toma difíciles decisiones, pero decide. Aquella vida que se apagó en medio de la noche, una vida cruzada por la desgracia, fue también cruzada por la salvación.

El Príncipe Mircea notó un dejo de tristeza en algunos ojos, parecía percibir algunas situaciones extrañas con el transcurso de los días. Se acercó al sacerdote mayor y este no supo que responder, la tensión con el clero ascendía, pero las obligaciones hicieron que el Príncipe tuviera que partir otra vez al frente.

Al regreso, las cosas tomaron otro tono, la verdad no siempre es tan fácil de alcanzar, y casualmente me tendría como uno de los protagonistas.


III


El Bosque y La Vida


La salida de Mircea dejó a los sacerdotes a cargo del principado de Valaquia. La verdad estaba escondida en el alma de la mujer, de aquella sierva de nuestro señor. Aquel niño que heredaría el castillo y una gran responsabilidad terrenal era en realidad el hijo del pueblo, un niño de origen pobre, por su sangre corría la sangre de los hombres y las mujeres de la tierra, era muy roja comparada con la sangre azul de la nobleza.

Mis superiores eclesiásticos no esperaron a que fuera descubierta aquella verdad, yo tampoco esperé e intuyendo gracias a la Razón que Dios me ha regalado, me acerqué a la mujer, abuela del recién nacido y le ofrecí mis pareceres. Le expliqué que su vida corría un alto riesgo y que mucho peor era la situación de la verdad de la que pocos podrían dar testimonio.

La sabia mujer tomó unas pocas ropas y gracias a mis instrucciones, esa misma noche me esperaría en las afueras del castillo. Preparé algunos víveres y las dos monedas de oro puro que mi madre me dio para alguna emergencia. Caminamos vestidos de pordioseros, no llevamos caballos, dado que eso llamaría la atención de los guardias y estos podrían hablar. El secreto de la ubicación de la mujer debía ser tan secreto y oscuro como la verdadera identidad del niño.

Esta es la debilidad de los ocultamientos, es como una malla de los pescadores, el tejido de un punto requiere de otro punto y así sucesivamente se construye una red de ocultamientos que alguna vez debe terminar, el padre de Jesús también mintió y negó para salvar la vida de su hijo, Pedro negó a su maestro tres veces. Dios tiene una misión para cada uno de nosotros.

Entonces llegamos a un lugar poblado de mujeres y niños. También había algunos ancianos. En ese lugar, totalmente aislado de la sociedad, la presencia de las personas requería de colaboración. El silencio y la libertad de estos aldeanos del bosque requería de una terrible organización y cooperación. Recolección de frutos, caza de animales. En los tiempos de poca producción las personas acostumbraban a comer insectos. Por tiempos vivían con mayor dignidad, por momento vivían de manera monstruosa, pero la supervivencia de sus vidas dependía del secreto. Intenté salir, pero uno de los viejos dijo que, si me retiraba del campamento, corrían peligro de ser descubiertos. El invierno estaba por comenzar y les sería de mucha ayuda.

En definitiva, decidí partir tomando todos los recaudos necesarios para evitar denunciar la presencia de ese asentamiento de los excluidos de Dios. Decidí llamarlos de ese modo porque solamente Dios los protege, están desamparados. Yo sabía que ese espacio era mal visto por los sacerdotes, estos supuestos hombres de Dios llamaban bestias a esas almas. Decían de ellos que pertenecían a los demonios y las herejías más peligrosas del universo, allí vivían los infectados por el mal.

No noté tal cosa. Regresé hacia el castillo y el Sacerdote mayor solicitó mi presencia. Me acerqué con mucho respeto y algo de miedo. En realidad, tomó un pedazo de papel y lo leyó. Era una citación en desde una Abadía de Bizancio, me requerían en las tierras imperiales para enseñar y aprender.

Dios teje sus entramados de manera extraña. Aquella misiva llegó en un momento perfecto, el secreto guardado, la mujer protegida y yo partiría nuevamente del castillo. En el momento en el que partí observé que por una de las ventanas se asomaba la bella princesa junto al bebé. Traté de recordar su rostro. No sabía si volvería a verlos. Los tiempos de Dios son extraños y los caminos son tortuosos y dignos a la vez.

IV

Los Años de formación. De infante a Caballero, De Caballero a Héroe.


Mi ausencia no impidió que pudiese tener noticias del retoño del castillo. Tuve la suerte de elevar mi formación religiosa y también de jerarquía. De algún modo ambos crecimos juntos. Me contaba mi querido pájaro que habitaba esas tierras que uno de los más antiguos patriarcas enfermó y que a causa de la falta de sanadoras naturales terminó muriendo de manera miserable, solamente redimido por Dios. Mientras se renovaba el personal del Castillo y de Valaquia, el niño se transformó en joven. Aprendió de letras, leyó otro tanto y dicen que reza varias veces al día. A pesar de los deseos carnales evita estar con mujeres, su preocupación es la fe y el futuro de su pueblo cada vez más presionado por los enemigos imperiales.

Vlad Draculea fue llamado. Así creció, entre rezos y espadas, entre libros y pretendientes hasta que le llegó la hora de probar su capacidad y valía frente a los peligros. Debía partir junto a dos caballeros hacia el frente oriental junto a dos carros con alimentos para un puesto de los infantes que protegían la frontera. El camino era peligroso y no por la invasión de animales ni tampoco por la presencia de los enemigos; el problema eran los bandoleros. Todo tipo de deformes y seres antisociales vivían en medio del bosque sin lugar fijo, muy distinto a los aldeanos que vivían en una zona protegida y sus intenciones eran benignas.

Vlad cabalgaba y observaba maravillado aquellos senderos que permitían circular por los Cárpatos, era un avezado jinete a pesar haber cumplido sólo quince veranos. Armado y con ese casco que lo caracterizó desde la juventud escuchaba atentamente las enseñanzas de los caballeros más experimentados de la partida, de aquella hazaña realizada en la tierra de los persas y hasta de la vez que venció a un leonés en un juego que se llama Xadrez o jadedrez. Era demasiada información la que recibía el príncipe; sin embargo, por esas cosas del destino no hubo tiro de advertencia. Una flecha con fuego cayó sobre la carreta y varios forajidos y trúhanes se lanzaron sobre la partida de hombres. La lucha comenzó en un feroz cuerpo a cuerpo. Vlad, se puso de pie con su espada en mano contra un romaní, que sólo tenía un cuchillo con una empuñadura de plata. En los ojos de aquel gitano había bravura, en su aspecto físico el paso del tiempo simbolizada por lo blanco se sus cienes, apenas unos andrajos como vestimenta y atuendo. Vlad observaba el serpentear de ese antebrazo. Era como una danza en la que ambos cortejaban a la maja muerte. Los alimentos de la carreta se perdían mientras caía uno de los secuaces del gitano. La lid siguió por unos minutos, algunos cortes a la espalda de Vlad, otros en el brazo del gitano que sudaba y demostraba cansancio, más no cobardía, y no hay gitano cobarde en esta vida y menos cuando la causa es la familia.

Cayose en el suelo polvoriento de aquel camino en ocasiones sangriento, el gitano y detrás el joven sin espamentos. A duras penas el gitano arrastrase, mientras qué, con la fuerza de un joven ya viril, Vlad el Príncipe, apunto con la espada de punta recién afilada por el herrero real y ante el sordo grito de una reciente niña transformada en mujer, a medio camino se detuvo entre su primer muerto y la magnánima obra de perdonar la vida. Aquella doncella se arrodillo pidiendo clemencia por la vida de su padre. Quizás la sumisión de su postura, agregado a su largo cabello negro y ondulado, quizás fueran los ojos negros y profundos llenos de temor por perder al hombre que amaba en aquellos años de terrible vida, los que decidieron en la voluntad del Príncipe que a la vez se transformaría en voluntad divina. Clavó su espada en la tierra que le pertenecía por gracia imperial, miró la carreta incendiada, luego al horizonte.

La mujer, de rostro todavía con gestos de niña, intentó ponerse de rodillas y besar la mano del Príncipe. Vlad, un hombre que aprendía a controlar las emociones, la puso de pie tomándola de los brazos. Notó la delgadez de quien se llamaba Zamira. Todos se dirigieron a la Aldea para recomponer las heridas. Eran las gitanas mujeres que curaban el cuerpo y sanaban el alma, aunque a veces parecen maldecirlas.

Realizadas las curaciones de aquellos hombres, cuando el Príncipe salió de la Aldea, todo hombre y toda mujer se arrodillaron y vivaron dando loas al príncipe héroe que construía su leyenda desde su primer día.

Detrás de la muchedumbre, una encorvada anciana hizo el esfuerzo de ponerse erguida. El Príncipe, como un signo mágico del destino, cruzó la mirada con aquella anciana que casi no veía.











V “De los Encuentros que marcan el cuerpo y el alma”



Aquel entrecruzamiento de miradas quedó marcado en su memoria. Minutos después de reunir a la muchedumbre, el príncipe se retiró para que le realizaran las curaciones para poder regresar al castillo. En aquella cabaña estaba la señora entrada en años, quien conocía la historia desde el primer minuto. Había jurado no decir una palabra. Tener a su lado a su nieto sin poder hacer ninguna mención era por un lado mantener la vida y proteger a su nieto. Sumado a ello proteger al reino y a sus aldeanos.

Los sentimientos de aquella mujer se notaban en cada curación, pero ni una lágrima cayó porque el tiempo y el destino le dieron un premio a tan adulta mujer, a su nieto crecido pudo ver.


Caía la noche cuando los hombres del castillo en una reunión que no duró más de quince minutos decidieron quedarse en la aldea por la seguridad del príncipe. Así el sol cayó en medio de Valaquia, la cena fueron los víveres que pudieron rescatar y un animal asado en el bosque como gesto de amistad y admiración hacia el Príncipe Vlad. Una delicia acompañada por agua miel propia de aquellos lugares. Vlad bebió por primera vez bebida estacionada. Detrás de los hombres y mujeres que celebraban la comida con historias y cuentos, uno de los guardias le dijo al joven que sería muy bueno recostarse y descansar para partir temprano hacia el palacio.

Un buen líder debe saber obedecer y así lo hacía el Príncipe, quien desde pequeño comprendió los beneficios de obedecer las órdenes que le protegerían de la infinidad de peligros que le esperaban. Uno de los guardias entonces, pidió un lugar a uno de los viejos hombres que le diera un sitio cómodo.

El viejo hombre sonrió e hizo caso sin dudar un minuto. El príncipe entró en los brazos de Morfeo rápida y placenteramente. Al retirarse de la entrada de aquella choza de adobe en la que solamente había una pequeña mesa con un jarrón con agua cruzó la mirada con una joven de la Aldea. Al observarse, el anciano hombre de cuerpo encorvado realizó un gesto de negación, como indicando algo a aquella joven. La joven se detuvo unos segundos hasta ver que aquel anciano se retiraba de los alrededores. Luego de eso, con suma cautela ingresó en la choza y se acercó con suavidad al catre donde dormía el Príncipe de Valaquia.

Sus ojos color miel observaban el joven cuerpo de aquel atareado y atormentado ser con intenciones no tan santas.

En su mirada se había encendido el pecado propio de los súcubos lascivos del mismísimo Satanás. El Ángel del Infierno entibió las manos de aquella mujer en sus 24 años, quien con astucia se acercó a la boca del joven que bajo los efectos del alcohol y los trucos de aquella bruja filibustera y sacrílega no pudo resistir al encantamiento cayendo rendido a las pecaminosas intenciones.

La mirada de ella demostraba las llamas de fuego mientras perdido, el Príncipe tomaba el cuerpo maldito y bebía las mieles que surgían como una pócima que no terminaba de soltar al hechizado príncipe envuelto en un vaivén de lujuria.

Como si nada, el príncipe no pudo más mirándole a los ojos de aquella bruja, como hechizado se durmió. Antes que el primer rayo de sol diese en aquel bosque lleno de árboles, la dama se levantó del lecho y antes que ella saliera, nuestro amado Príncipe le preguntó a la doncella el nombre.

Ella, con ese gesto que caracteriza a las sacerdotisas satánicas le respondió: Ruxandra, que en español significa Nuevo Amanecer.

Al príncipe al despertar fue saludado por toda la aldea. Le dolían un poco las piernas y su cuerpo estaba un poco más frío. Durante el trayecto comenzó a toser de manera periódica, parecía una enfermedad, pero no pasó de eso, solamente tos, o eso parecía. Al regresar al Castillo fue recibido con preocupación, luego fue revisado por los galenos de la Princesa que observó junto a los hombres las heridas y los arañazos que solo una mujer podía interpretar. Lo preocupante no eran las marcas de las uñas de Ruxandra, hay una leyenda sobre las mujeres del pecado. Beber sus mieles trae una cierta enfermedad en la mente que no deja pensar a los hombres con claridad. El miedo del Castillo era ese, aunque Vlad no lo creía, el tiempo sería el testigo si aquella leyenda se cumpliría.


VI - NOCHES DE FIEBRE


El príncipe pasó los primeros días cuestionado por los sabios. De peor manera la pasaron sus guardias que fueron castigados por no proteger a heredero de las tierras de los Cárpatos. Los guardias fueron enviados al frente para luchar contra los sarracenos que cada vez se acercaban más a su objetivo.

Pasadas las tres primeras noches en el palacio, y después de recibir las primeras curaciones, los días del príncipe transcurrieron con paz y pensamiento. Rezos diarios que servirían para sanar los pecados cometidos, según la Fe. Muy distintas fueron las noches.

Cuando la quietud se hacía dueña del universo, cuando la calma envolvía a la inmensa mayoría de las almas, los ojos del Príncipe se negaban a descansar. La mente del joven parecía atormentarse cada vez más. Cuando al fin lograba conciliar el sueño, cerca de las profundas tierras de la noche despertaba sin poder explicar al resto lo que le ocurría. Acostumbrado a perder el sueño en esas horas, decidió acercarse a la ventana, espacio por el que ingresaba una brisa suave que refrescaba su cuerpo que ardía a causa de una extraña fiebre que sufren algunas personas que visitan los bosques. En particular ataca a los jóvenes que se internan en lugares en busca de acción terminando en ocasiones en tragedias que destruyen las vidas de los traviesos e intrépidos pobladores de la comarca y también la vida de sus familias.

El Príncipe pasó las noches que siguieron con los mismos síntomas. La persistencia de los mismos durante las noches, comenzaron a afectar los días. Se lo podía observar cansado, un poco más lento a pesar de su vigor inicial. La preocupación encontró una respuesta en la voz de una mujer de largos cabellos que transcurría sus días en la cocina del castillo.

Se acercó a la cocinera tras el consejo de uno de los siervos de los establos que cuando joven sufrió del mismo mal. A pesar de la recomendación de los sacerdotes de decir verdad ante los problemas del cuerpo y el alma, el Príncipe tuvo preferencias por el secretismo propio del miedo a la vergüenza del pecado y el consiguiente castigo.

La mujer le pidió que la siguiera con celeridad hacia la parte posterior de los establos. Tomaron dos caballos y se dirigieron con gran velocidad hacia el lugar que ustedes imaginan, a ese sitio prohibido, tan atractivo como prohibido para los mortales que viven sin pecado.

La luna jugaba con su intensa luz, a medida que se alejaban del castillo, la luna iluminaba con más brillo el camino de los jóvenes. A medida que se acercaban al bosque, el corazón del Príncipe aumentó su frecuencia como pidiendo salir de su pecho. A pesar de no caminar ni correr, se agitaba.

Luego de un tiempo llegaron a una construcción tradicional del bosque, donde la naturaleza ofrece los elementos para la vida en pleno equilibrio. Distinto a la vida en el castillo, donde Dios y el Rey desequilibran la balanza en favor del hombre y sus intereses.

Descendieron de los corceles y caminaron unos metros hacia la cabaña que parecía una extensión de los árboles que tenían mucha más edad, que toda la comarca completa. La mujer señaló la puerta y se retiró hacia otro lugar en espera.

Sin miedo, Vlad abrió la puerta y encontró un sitio diferente a todo lo que conocía. Desde un espacio oscuro se iluminaron los ojos de la bestia quien vestía sus pieles listas para cautivar a la víctima. El Príncipe pensó terminar con eso e intentó salir, pero la magia de la mujer que tenía los mismos años que los bosques apoyó su cuerpo en la espalda del hombre sangre azul y abrazó su cuerpo a pesar de ser más pequeña. Esa pequeña criatura tenía la luz de los ojos que controlaba a luna. En el preciso momento en el que aquellos luceros se iluminaban, la luz de la luna se apagaba. Un extraño efecto que ponía un manto de luces tenues que invitaban al Príncipe a transformarse en un simple hombre y a la vez terrenal, despojándose de las cadenas divinas y abriéndose del mismo modo que los labios de la gitana Ruxandra. Una dosis que lo invitaba a volar sobre los cielos estrellados y naturales, despojándose de las obligaciones que su sangre real le obligaban a realizar. Luego de compartir la miel del pecado que se transformaba en una sustancia necesaria, pudo al fin dormir durante la noche.

Despertó frente a la mirada de Ruxandra. La fiebre pareció irse. El Sol pedía permiso a la Luna para dar paso al día. El Joven Vlad contra la voluntad de su espíritu natural montó el corcel y se alejó esta vez con dolor, su alma había quedado detrás. En medio del camino encontró a dos guardias. No tardaron en reconocerlo, intentaron detenerlo, pero no ocurrió tal situación. Vlad, era un ser distinto. Les ordenó a los hombres a jurar lealtad al hombre, no al título para que el título los proteja.

Los tres hombres llegaron entonces al Castillo y los Sacerdotes dieron las noticias más tristes que podían llegar en ese momento de aparente revelación para Vlad. El Rey, su padre, había muerto.

Ahora el título se enfrentaba al hombre, la razón a la pasión. La maldita Fe al Amor natural, el cruce de los caminos que destruye la vida y las felices vidas.


VII El Banquete, la sangre y la tristeza


Una nueva triste. La Muerte del Rey. Vlad comprendió con claridad que debía tomar una decisión. Lo cierto es que su fiebre había cesado por completo. Inhumaron los restos del Rey frente al pueblo que lo acompañaba. En el frente quedaron los caballeros luchando contra los sarracenos que no cesaban en el ataque. Los sacerdotes realizaron el oficio. Aquella mañana significaba una nueva transformación en la vida del gran hombre de los Cárpatos.


Durante toda su vida lo atormentaron con ese día, con el día en el que debería tomar las decisiones que conducirían los destinos de la comunidad. Decidir quienes los acompañaría al campo de batalla a morir. Decidir quién moriría y quién viviría, juzgar lo bueno y lo malo, en definitiva, se transformaba ese mismo día en el dueño de todo. ¿De todo?


Los primeros meses fueron de intensa batalla. Las huestes a duras penas podían sostener la posición que se había transformado en la tortura.

Fueron días y noches de sangre, sudor, dolor y muerte; días en los que la tristeza de sus hombres lo contagiaban. Vlad dormía muy poco. Eso llamó la atención de los caballeros más experimentados, su resistencia física era inagotable, hasta el día en el que una flecha le atravesó el brazo derecho. Vlad cayó al lodo producido por las lluvias copiosas. Sus infantes tomaron el cuerpo y lo llevaron a un caballo.

Con premura cabalgaron buscaron el camino hacia el castillo. Tardaron casi dos días, la sangre había coagulado pero la herida parecía infectada.

La desgracia de la guerra podía cobrarse otra víctima de sangre azul.

Escalofríos, la fiebre parecía condenar a Vlad a su final.

Dos sacerdotes se mantuvieron con el Rey Vlad durante el día. Por la noche lo cuidaba una criada. A un simple paso de la muerte, a metro de ella, el Dios de todos parecía llevarse al nieto de aquella mujer. Nadie sabría la verdad sobre el rey sin sangre de rey. Esa noche en la que los hombres y las mujeres esperaban la noticia, dejaron a la más joven de las doncellas.

Los Sacerdotes no dejaban de realizar arreglos para la inhumación, hasta se debatía sobre la persona que debía ocupar el trono. Entre ellos el Sacerdote Prior. Antes de que la nueva alba surja entre las montañas, uno de los hombres ingresó a la habitación. Sobre la cama yacía la criada con la piel blanca y los labios sin color. Gotas de sangre en la ventana mostraban el rastro dejado por Vlad quien no se encontraba en la alcoba.

Frente a tal escándalo en el que se encontraban los llantos de los familiares de la doncella y dama de acompañamiento.

Ya en uno de los salones, los hombres de la Santa Iglesia y algunos caballeros dialogaron. Formaron un grupo de exploradores. La lealtad tenía un precio, los sacerdotes lo pagaron.

Uno de los hombres comentó sobre un sitio a donde habían acompañado a Vlad.

Aquél lugar era un sitio no santo.

Fueron 11 caballeros armados y diestros en las artes de la lucha y el Gran Sacerdote Prior. Partieron en el poniente y llegaron cuando la luna no iluminaba el cielo.

Los caballeros cargaron contra la cabaña y la incendiaron pensando que el mismísimo satanás se encontraba en aquél sitio.

Vlad, triste, pensó que a aquellos hombres no les importaba en lo más mínimo la vida de su Rey, ni siquiera los deseos de vivir como quisiera.

Valiente y recuperado decidió enfrentar la realidad. Se presentó ante el Prior, quien ordenó tomar por la fuerza al potente hombre. Vlad se resistió y eso puso al Prior en aprietos. Este ordenó a otro de sus hombres que apuñalara al Rey. El Prior repetía: “Es un Hijo de Satanás.” Vlad percibió la presencia de Ruxandra. Temiendo que le hicieran daño usó toda su fuerza. Evidente era que podía matar a sus atacantes, pero lo inevitable ocurrió. Ruxandra sufrió una puñalada por la espalda y cayó.

La ira tomo prisionero a Vlad que con esa mezcla de potencia y habilidad se deshizo de los 11 hombres. Mientras el Prior intentaba escapar, Vlad, quedó entristecido por la muerte de su amada, aquella mujer prohibida. Decidió no regresar por el Prior que pudo escapar.

A la llegada, culpó las mujeres de la comunidad por las invocaciones demoníacas. Ellas fueron, según las palabras del Prior, las culpables de las desgracias de los Cárpatos. Ordenó la quema de dos.

Las noches transcurrieron.

Vlad prometió venganza, la tristeza sería eterna. Sin embargo, tuvo una idea grandiosa. Cada viernes trece, pasada la medianoche, se acercaba a la comunidad. Secuestraba a una mujer.

Aquellas desapariciones fueron denunciadas a los malos actos de la comunidad y los herejes.

Con el paso del tiempo…

La realidad se hizo a la luz. Vlad, no estaba solo. Se había prometido luchar en contra de los abusos de la Iglesia contra las mujeres, sólo por el hecho y el acto de Amar.


Pronto surgió por parte de la Iglesia, la idea de un monstruo del diablo. Un ser maléfico que impulsaba a las mujeres de malos pensamientos a desaparecer. Las ovejas y los corderos de la iglesia sólo vieron el mal en Vlad quien pretendía amar, solamente amar a una mujer y se transformó en el liberador y el amante de muchas.



 
 
 

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