Cuentos Medievales
- PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
- 26 jun 2023
- 3 Min. de lectura
IV
Los Años de formación. De infante a Caballero, De Caballero a Héroe.
Mi ausencia no impidió que pudiese tener noticias del retoño del castillo. Tuve la suerte de elevar mi formación religiosa y también de jerarquía. De algún modo ambos crecimos juntos. Me contaba mi querido pájaro que habitaba esas tierras que uno de los más antiguos patriarcas enfermó y que a causa de la falta de sanadoras naturales terminó muriendo de manera miserable, solamente redimido por Dios. Mientras se renovaba el personal del Castillo y de Valaquia, el niño se transformó en joven. Aprendió de letras, leyó otro tanto y dicen que reza varias veces al día. A pesar de los deseos carnales evita estar con mujeres, su preocupación es la fe y el futuro de su pueblo cada vez más presionado por los enemigos imperiales.
Vlad Draculea fue llamado. Así creció, entre rezos y espadas, entre libros y pretendientes hasta que le llegó la hora de probar su capacidad y valía frente a los peligros. Debía partir junto a dos caballeros hacia el frente oriental junto a dos carros con alimentos para un puesto de los infantes que protegían la frontera. El camino era peligroso y no por la invasión de animales ni tampoco por la presencia de los enemigos; el problema eran los bandoleros. Todo tipo de deformes y seres antisociales vivían en medio del bosque sin lugar fijo, muy distinto a los aldeanos que vivían en una zona protegida y sus intenciones eran benignas.
Vlad cabalgaba y observaba maravillado aquellos senderos que permitían circular por los Cárpatos, era un avezado jinete a pesar haber cumplido sólo quince veranos. Armado y con ese casco que lo caracterizó desde la juventud escuchaba atentamente las enseñanzas de los caballeros más experimentados de la partida, de aquella hazaña realizada en la tierra de los persas y hasta de la vez que venció a un leonés en un juego que se llama Xadrez o jadedrez. Era demasiada información la que recibía el príncipe; sin embargo, por esas cosas del destino no hubo tiro de advertencia. Una flecha con fuego cayó sobre la carreta y varios forajidos y trúhanes se lanzaron sobre la partida de hombres. La lucha comenzó en un feroz cuerpo a cuerpo. Vlad, se puso de pie con su espada en mano contra un romaní, que sólo tenía un cuchillo con una empuñadura de plata. En los ojos de aquel gitano había bravura, en su aspecto físico el paso del tiempo simbolizada por lo blanco se sus cienes, apenas unos andrajos como vestimenta y atuendo. Vlad observaba el serpentear de ese antebrazo. Era como una danza en la que ambos cortejaban a la maja muerte. Los alimentos de la carreta se perdían mientras caía uno de los secuaces del gitano. La lid siguió por unos minutos, algunos cortes a la espalda de Vlad, otros en el brazo del gitano que sudaba y demostraba cansancio, más no cobardía, y no hay gitano cobarde en esta vida y menos cuando la causa es la familia.
Cayose en el suelo polvoriento de aquel camino en ocasiones sangriento, el gitano y detrás el joven sin espamentos. A duras penas el gitano arrastrase, mientras qué, con la fuerza de un joven ya viril, Vlad el Príncipe, apunto con la espada de punta recién afilada por el herrero real y ante el sordo grito de una reciente niña transformada en mujer, a medio camino se detuvo entre su primer muerto y la magnánima obra de perdonar la vida. Aquella doncella se arrodillo pidiendo clemencia por la vida de su padre. Quizás la sumisión de su postura, agregado a su largo cabello negro y ondulado, quizás fueran los ojos negros y profundos llenos de temor por perder al hombre que amaba en aquellos años de terrible vida, los que decidieron en la voluntad del Príncipe que a la vez se transformaría en voluntad divina. Clavó su espada en la tierra que le pertenecía por gracia imperial, miró la carreta incendiada, luego al horizonte.
La mujer, de rostro todavía con gestos de niña, intentó ponerse de rodillas y besar la mano del Príncipe. Vlad, un hombre que aprendía a controlar las emociones, la puso de pie tomándola de los brazos. Notó la delgadez de quien se llamaba Zamira. Todos se dirigieron a la Aldea para recomponer las heridas. Eran las gitanas mujeres que curaban el cuerpo y sanaban el alma, aunque a veces parecen maldecirlas.
Realizadas las curaciones de aquellos hombres, cuando el Príncipe salió de la Aldea, todo hombre y toda mujer se arrodillaron y vivaron dando loas al príncipe héroe que construía su leyenda desde su primer día.
Detrás de la muchedumbre, una encorvada anciana hizo el esfuerzo de ponerse erguida. El Príncipe, como un signo mágico del destino, cruzó la mirada con aquella anciana que casi no veía.



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