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CUENTOS MEDIEVALES

  • Foto del escritor: PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
    PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
  • 30 may 2023
  • 3 Min. de lectura

Amigos. En épocas de crisis no debemos dejar de crear, todo lo contrario. He decidido escribir sin llevar al libro editado, por el momento. Inspirado por una Musa que gira en torno de mi vida a quien jamás renunciaré, siendo su esclavo y servidor, dedicaré mis horas al desarrollo de historias medievales basadas en hechos reales. El Medioevo fue apareciendo en la luz y dejó de ser parte de la famosa frase Dark Ages.

Sin más preámbulo, cabe aclarar que la Historia está presente...


“El Banquete del Príncipe de la Tristeza”


I - El Príncipe no Nacido.


“Pido a nuestro señor que proteja este relato porque es Verdad, y mi vida va en ello.”

Aquella noche de 1395 Año de Nuestro Señor, en medio del calor nocturno y rodeado de personas de nuestra Iglesia, yacía en su lecho nuestra señora, la Princesa Alana encinta al borde del parto junto a las mujeres parteras que traerían al hijo del Príncipe Mircea I de Valaquia.

El Castillo de altos techos de la Casa Draculesti se llenó de gritos desgarradores de la parturienta cada recoveco, “parirás con dolor” sentenció en las Sagradas Escrituras y así fue que en medio de la noche cuando la luna amarillenta se hacía potente en tamaño el esfuerzo de la mujer hizo surgir a un niño. Aquél varón parecía dormido; morado, pero sin sentido fue tomado por las sabias parteras quienes se miraron con preocupación y desesperanza. El Príncipe no estaba en Valaquia, seguía secundando al Emperador de Constantinopla en su resistencia frente a los Sarracenos que intentaban tomar su tierra expandiendo su caos y herejía.

Las parteras, y de esto he sido fiel testigo, mostraron al niño de muerto, ni siquiera respiró una vez, es un no nacido. La madre, agotada por el terrible esfuerzo recuperó el aliento y con la poca fuerza que le quedaba arrancó al no nacido de los brazos de la estupefacta partera quien retrocedió unos pasos. La Princesa Alana, comenzó a mal decirnos a todos, intentamos cercarla para poder quitarle al no nacido, pero nos resultó imposible, mientras mirábamos los ojos hundidos en lágrimas por la desgracia y castigo de Dios sobre la conciencia de los actos del pasado.

Ella, la mujer de cabellos largos oscuros, se sentó en uno de sus sillones frente a su gran espejo, acunó al No Nacido, le cantó una canción. En aquél espejo solo se veía un Alma, un espíritu. Minutos después, mientras la princesa abrazaba al no nacido, el sueño de Dios la alcanzó y se durmió. En mi calidad de Monje estoy enterado de muchas cosas del palacio, pero son los grandes patriarcas los que se encargan de las cuestiones delicadas de la jerarquía del principado. Nos pidieron que nos retiráramos cosa que hicimos sin ninguna resistencia. Me retiré a rezar a la capilla, mientras la partera corrió hacia uno de los establos.

Me sentí confundido por la acción de Dios, enojado quizás, pero sin ningún tipo de derecho. Dudar de Dios es un Sacrilegio, un Pecado que no puedo permitirme, pero créanme que pasó por mi mente mi enojo. Recé por un largo tiempo, la noche en el palacio fue larga y Dios me invitó al sueño, a descansar mi alma atormentada.

Las primeras luces de la mañana, con el sol como testigo de la vida invitó a pararme. El enojo parecía ceder a la comprensión de la Razón, y cómo Dios es la fuente de la Razón, no ocurrido no podía ser malo. Me disponía a rezar cuando una de las parteras corrió desesperada por los pasillos del Castillo a los gritos de “Milagro, ha ocurrido un Milagro”. Un impulso se apoderó de mis piernas que un poco trastabillando se incorporaron y me llevaron por las escaleras hacia la habitación de la Princesa Alana.

Cuando ingresé a la habitación encontré un escenario distinto al de la noche, por las ventanas ingresaba el sol y el perfume de las flores del verano, en el piso se plantaban las rodillas de hombres y mujeres. Las miradas de uno de los patriarcas me invitaron a realizar lo mismo, y en la ventana con la luz celestial de fondo, se veía a una madre con el gorgoreo de una criatura. Mi asombro fue el primer impulso para que pudiera comprender lo ocurrido en el Castillo, el milagro había ocurrido. Siendo un hombre de Dios, me debo a mi Fe, pensé. Más no evitó que buscara una explicación real.

Las paredes del Castillo de Valaquia son gruesas, pero no lo suficiente para que pueda escuchar los ecos de las acciones de los hombres.


Continuará...

 
 
 

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