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Capítulo V

  • Foto del escritor: PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
    PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
  • 3 jul 2023
  • 3 Min. de lectura

V “De los Encuentros que marcan el cuerpo y el alma”



Aquel entrecruzamiento de miradas quedó marcado en su memoria. Minutos después de reunir a la muchedumbre, el príncipe se retiró para que le realizaran las curaciones para poder regresar al castillo. En aquella cabaña estaba la señora entrada en años, quien conocía la historia desde el primer minuto. Había jurado no decir una palabra. Tener a su lado a su nieto sin poder hacer ninguna mención era por un lado mantener la vida y proteger a su nieto. Sumado a ello proteger al reino y a sus aldeanos.

Los sentimientos de aquella mujer se notaban en cada curación, pero ni una lágrima cayó porque el tiempo y el destino le dieron un premio a tan adulta mujer, a su nieto crecido pudo ver.


Caía la noche cuando los hombres del castillo en una reunión que no duró más de quince minutos decidieron quedarse en la aldea por la seguridad del príncipe. Así el sol cayó en medio de Valaquia, la cena fueron los víveres que pudieron rescatar y un animal asado en el bosque como gesto de amistad y admiración hacia el Principe Vlad. Una delicia acompañada por agua miel propia de aquellos lugares. Vlad bebió por primera vez bebida estacionada. Detrás de los hombres y mujeres que celebraban la comida con historias y cuentos, uno de los guardias le dijo al joven que sería muy bueno recostarse y descansar para partir temprano hacia el palacio.

Un buen líder debe saber obedecer y así lo hacía el Príncipe, quien desde pequeño comprendió los beneficios de obedecer las órdenes que le protegerían de la infinidad de peligros que le esperaban. Uno de los guardias entonces, pidió un lugar a uno de los viejos hombres que le diera un sitio cómodo.

El viejo hombre sonrió e hizo caso sin dudar un minuto. El príncipe entró en los brazos de Morfeo rápida y placenteramente. Al retirarse de la entrada de aquella choza de adobe en la que solamente había una pequeña mesa con un jarrón con agua cruzó la mirada con una joven de la Aldea. Al observarse, el anciano hombre de cuerpo encorvado realizó un gesto de negación, como indicando algo a aquella joven. La joven se detuvo unos segundos hasta ver que aquel anciano se retiraba de los alrededores. Luego de eso, con suma cautela ingresó en la choza y se acercó con suavidad al catre donde dormía el Príncipe de Valaquia.

Sus ojos color miel observaban el joven cuerpo de aquel atareado y atormentado ser con intenciones no tan santas.

En su mirada se había encendido el pecado propio de los súcubos lascivos del mismísimo Satanás. El Ángel del Infierno entibió las manos de aquella mujer en sus 24 años, quien con astucia se acercó a la boca del joven que bajo los efectos del alcohol y los trucos de aquella bruja filibustera y sacrílega no pudo resistir al encantamiento cayendo rendido a las pecaminosas intenciones.

La mirada de ella demostraba las llamas de fuego mientras perdido, el Príncipe tomaba el cuerpo maldito y bebía las mieles que surgían como una pócima que no terminaba de soltar al hechizado príncipe envuelto en un vaivén de lujuria.

Como si nada, el príncipe no pudo más mirándole a los ojos de aquella bruja, como hechizado se durmió. Antes que el primer rayo de sol diese en aquel bosque lleno de árboles, la dama se levantó del lecho y antes que ella saliera, nuestro amado Príncipe le preguntó a la doncella el nombre.

Ella, con ese gesto que caracteriza a las sacerdotisas satánicas le respondió: Ruxandra, que en español significa Nuevo Amanecer.

Al príncipe al despertar fue saludado por toda la aldea. Le dolían un poco las piernas y su cuerpo estaba un poco más frío. Durante el trayecto comenzó a toser de manera periódica, parecía una enfermedad, pero no pasó de eso, solamente tos, o eso parecía. Al regresar al Castillo fue recibido con preocupación, luego fue revisado por los galenos de la Princesa que observó junto a los hombres las heridas y los arañazos que solo una mujer podía interpretar. Lo preocupante no eran las marcas de las uñas de Ruxandra, hay una leyenda sobre las mujeres del pecado. Beber sus mieles trae una cierta enfermedad en la mente que no deja pensar a los hombres con claridad. El miedo del Castillo era ese, aunque Vlad no lo creía, el tiempo sería el testigo si aquella leyenda se cumpliría.

 
 
 

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