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Capitulo 2 Niño Vivo Madre Muerta

  • Foto del escritor: PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
    PROF. Marcelo CISNEROS CATALDI
  • 5 jun 2023
  • 3 Min. de lectura

Niño vivo, madre muerta.

Una madre de rodillas hacia el cielo reconociendo el poder divino de nuestro Dios y los milagros. Sacerdotes hablando por lo bajo. El principado se mantenía en pie para felicidad del Príncipe Mircea quien se encontraba camino a Valaquia. Su guardia lo acompañaba junto a sus corceles a gran velocidad para que pueda abrazar a su hijo, su heredero.


El castillo poseía una gran cantidad de siervos que trabajaba con normalidad y mucha alegría gracias a la buena gracia y la merced del Príncipe. A pesar de ser No libres, la vida de los siervos en el castillo era una vida que muchos campesinos del Reino de Francia solamente podrían soñar. Para empezar, el Príncipe aseguró su alimentación, y más importante aún protegió a las mujeres y sus hijos. Los hijos sólo formaron parte de las levas cuando pasaban su desarrollo y podían cargar las armas.

El segundo día del Príncipe mostró otro aspecto en los rostros de las mujeres mayores y algunos hombres.

A lo lejos observé uno de los actos más tristes. La madre de una de las siervas lloraba desconsoladamente la muerte de su hija que dio a luz a su hijo varón. Abracé a la mujer y le dije que debía preocuparse por su nieto, el niño merecía la protección de ella y qué, de seguro, tendría la protección del Príncipe Mircea. La mujer levantó su rostro y me dijo: “mi nieto ya tiene la protección del Príncipe.” Ella acompañó los restos de su hija y uno de los sacerdotes me tomó del brazo y fulminó mis ojos con su mirada. Si las miradas fueran sables, hubieran atravesado mi cuerpo y decapitado mi cabeza a la vez. Un monje debe aprender con los gestos y con su capacidad de deducción. Algo se escondía en el castillo, un secreto que se transformaría en una tácita verdad, esas mentiras palaciegas que son una paradoja en sí mismas.


Allí fue el cuerpo de la madre muerta, y en los altos la madre con el hijo vivo, basta con expresarlo de ese modo para que ustedes, mis lectores, comprendan lo que había ocurrido.

Al arribo del Príncipe los preparativos no fueron los mismos, ingresó a rauda velocidad como con desesperación saltó de su caballo árabe, húmedo, sudado y con algunas manchas en sus ropas que provenían de sus últimas batallas. Corrió a pesar de los dos días sin dormir y con lo que quedaba de aire subió las escaleras y como si las piernas se vencieran cayó rendido sobre el rocoso suelo de la habitación de la princesa.

La Princesa lo observó con los ojos llenos de agua marina y aunque deseaba abrazarlo, tomó a su hijo y se acercó a su esposo quien tirado en el piso y luego de recuperar el aire, de rodillas, abrazó a su mujer y a su hijo.

Ella no le pidió a su esposo que se incorporara, sino que se arrodilló para que juntos unieran en el abrazo a la familia. Sus ojos se cruzaron en forma de agradecimiento.

Al quinto día, luego de lo pactado, el Príncipe invitó al castillo y a los campesinos para que pudieran conocer al nuevo integrante de la familia.

A veces Dios toma difíciles decisiones, pero decide. Aquella vida que se apagó en medio de la noche, una vida cruzada por la desgracia, fue también cruzada por la salvación.

El Príncipe Mircea notó un dejo de tristeza en algunos ojos, parecía percibir algunas situaciones extrañas con el transcurso de los días. Se acercó al sacerdote mayor y este no supo que responder, la tensión con el clero ascendía, pero las obligaciones hicieron que el Príncipe tuviera que partir otra vez al frente.

Al regreso, las cosas tomaron otro tono, la verdad no siempre es tan fácil de alcanzar, y casualmente me tendría como uno de los protagonistas.

 
 
 

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